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MEMORIA III: MEMORIA A LARGO PLAZO
El qué y cómo de lo que recordamos y las áreas que lo gestionan.

Fecha: 17/02/2021

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EL FINAL DEL PROCESO MNÉSICO: LO QUE SELECCIONAMOS PARA RECORDAR.
Hemos analizado cómo el proceso mnésico básico, por el cual la información que llega a nosotros o que nosotros mismos generamos en nuestros procesos mentales implicando la memoria de trabajo, la almacenamos y consolidamos, podemos recuperarla y hacerla frágil, matizarla, darle una mejor versión y finalmente volver a consolidarla (reconsolidación), como un proceso eminentemente dinámico, activo y creador.

También hemos visto cómo podemos clasificar la memoria según dos criterios mayores siguiendo la clasificación modal clásica de Atkinson y Shiffrin:
  1. Según un criterio temporal, que incluye las memorias: a) sensorial o inmediata, b) a corto plazo (y memoria de trabajo), y c) a largo plazo o permanente, que vemos ahora. Algunos autores incluyen la d) memoria generacional o filogenética, que abarcaría los reflejos e instintos “necesarios” para la supervivencia del ser humano.
  2. Según un criterio funcional, distinguíamos una memoria explícita o declarativa y una implícita o no declarativa, que clasifica los diferentes subtipos de memoria permanente o a largo plazo.
Recordemos también que una pequeña parte de toda la información que entra como memoria sensorial o inmediata pasará a formar parte de la memoria a corto plazo, y finalmente se alojará en la memoria permanente. El paso de memoria a corto plazo y sus relaciones con la memoria de trabajo a la memoria a largo plazo o permanente es lo que conocemos como consolidación de la memoria, y la probabilidad de que esa información se consolide aumenta en función de varios factores:
  • Emocionalidad, especialmente la negativa (si amenaza nuestra supervivencia: “casi me atropellan al cruzar en rojo un semáforo”). Muy importante en la memoria autobiográfica o episódicas especialmente.
  • Número de repeticiones, cuanto más lo repitamos con deseo de memorizarlo, más probable es que se almacene, especialmente la memoria semántica.
  • Relevancia racional significativa, si vinculamos la información, especialmente la semántica, con aspectos relevantes para nuestro día a día (ej. recordar que quiero enviar el currículum a una empresa en la que deseo trabajar).
  • Factores inconscientes.
Vamos ya con la memoria que más propiamente llamamos “memoria, la que recordamos durante largos periodos de tiempo (días, meses o años), e incluso durante toda la vida.
 
 
MEMORIA A LARGO PLAZO O PERMANENTE: EL GRAN ALMACÉN ACCESIBLE A LA CONSCIENCIA.
Tras captar los sentidos la información externa -o la propia información de nuestro interior corporal o mental-, la memoria inmediata o sensorial, que dura milisegundos o pocos segundos, se filtra a la memoria a corto plazo, cuya duración abarca desde unos segundos hasta unos minutos, y generalmente podemos considerarla de 10-20s, como el paciente HM que comentamos en entrada anteriores (Henry 20 segundos).

Si la información captada se mantiene durante un tiempo más prolongado, ya sean minutos o un tiempo ilimitado, pasa a formar parte de la memoria a largo plazo o permanente. Dentro de este tipo de memoria es posible hacer una distinción entre memoria declarativa o explícita y memoria no declarativa o implícita, en función del grado de consciencia que tenemos de esa memoria, tanto a la hora de almacenarla como a la hora de evocarla o recuperarla.

De esta forma, la memoria que sí eres consciente de tener y puedes recuperar a voluntad sería una memoria explícita y declarativa (=puedes declararla en cualquier momento), como puede ser el cumpleaños de un amigo. Mientras que existen otras cosas que recordamos sin ser conscientes de que las recordamos, como puede ser el olor de una persona o la habilidad interiorizada para practicar un deporte, donde no somos tan conscientes generalmente de ello, llamada memoria implícita o no declarativa (=no siempre puedes declarar que la tienes almacenada), a veces también llamada procedimental, aunque este es ya un subtipo de memoria implícita que luego describiremos.

Y es que realmente son muchas cosas las que podemos recordar y, dependiendo del tipo de información y el cómo se recuerde, las consecuencias pueden ser muy diversas. Pongamos un ejemplo: tengo un accidente de tráfico casi mortal cuando voy en bicicleta después de cruzar un semáforo en rojo y el conductor me lleva al hospital y nos hacemos amigos. De este evento puedo recordar muchas cosas, pero:
  • Si mi memoria se centra en el miedo a tener otro accidente, y que se produjo por ir en bicicleta, mi cuerpo reaccionará con miedo ante la sola idea de verme en bicicleta y podré condicionar su aprendizaje a mis hijos, o seré muy insistente y reaccionaré con miedo e ira si mis hijos cruzan el semáforo en rojo caminando, obviando las recomendaciones del código de circulación. Este “condicionamiento” emocional correrá a cargo de la amígdala cerebral, más en concreto la derecha, si predomina el miedo.
  • Si mi memoria se centra en que salvé la vida, e incluso acabo haciéndome amigo del conductor del coche, no hay duda de que lo que recordaré del evento serán cosas con clave positiva: las normas generalmente nos ayudan (no cruces en rojo), lleva el casco y fíjate al cruzar cuando vayas en bici, ¡qué suerte tengo en la vida! (sigo vivo), y además mira tú que ¡he hecho un amigo!
Como ya decíamos, ambas historias no son excluyentes, pero con una viviré la vida de una forma y con la otra estaré muy limitado en mi aceptación del pasado.
 

I. MEMORIA DECLARATIVA O EXPLÍCITA: MIS RECUERDOS CONSCIENTES Y ACCESIBLES.
La memoria declarativa o explícita es aquella que, a través del procesamiento consciente, permite evocar información sobre personas, lugares, objetos, vivencias o hechos generales. Además, también la vamos a almacenar de forma consciente, es decir, nos damos cuenta de que la archivamos, hecho que puede estar ausente en la implícita.

Por otra parte, es una memoria muy mental, cognitiva, por lo que involucra al consciente (lóbulo prefrontal), lo que hace que requiera energía y atención, y también que sea relativamente rápida de obtener y mucho más flexible a la hora de ser modificada.

Dentro de la memoria explícita o declarativa diferenciamos: a) episódica o autobiográfica (eventos o experiencias personales: qué, quién, cómo, cuándo, dónde, cuánto) y b) semántica (hechos y conocimientos no personales: “memoria”).

A. MEMORIA AUTOBIOGRÁFICA O EPISÓDICA: LOS RECUERDOS EMOCIONALES DE “MI VIDA”.
Este es el tipo de memoria que nos recuerda “NUESTRA VIDA” y “QUIÉNES SOMOS”, es decir, es toda la información pasada que vinculamos con lo que nos ha pasado (el qué, con quién, cómo, dónde y cuándo de nuestra vida; ligada a parámetros temporo-espaciales) y, por ende, con nuestra identidad, con lo que somos.

A partir de los 4-8 años de edad esta memoria empieza a configurar esta “idea o creencia” de lo que es nuestra vida y nuestra existencia. Pero ¿acaso soy lo que me ha pasado, lo que tengo o lo que hago? ¿soy el trabajo que desarrollo? ¿soy solo un álbum de fotos de diferentes episodios de una vida? Quizás por ello no se conozcan “datos” de la vida de muchos yoguis orientales que han alcanzado la identificación con su ser verdadero (no identificándose con los “datos” de su ego: la memoria de su pasado).

La fijación de esta memoria es altamente emocional, siendo el factor clave para la permanencia o no de ella en nuestro almacenamiento permanente. Por ello, el papel de la amígdala es fundamental, ya que es la estructura responsable de condicionar la carga emocional de todo recuerdo, tanto positivo como negativo, aunque su mayor especialidad es, precisamente, todo lo vinculado con la supervivencia, donde la emoción prínceps es el miedo. Por ello, será más sencillo consolidar aquellos recuerdos en los que estén implicados el miedo o la ira, y, además, es probable que este tipo de recuerdos se asocien a otros del mismo tinte emocional, como veremos en otras entradas (véase Cerebro Emocional).

Esta memoria se considera más vulnerable a la distorsión que la semántica, por lo que esforzarnos con ser muy cautos en el cómo almacenamos nuestros recuerdos emocionales más personales, especialmente los negativos, puede facilitar que vivamos una vida más alegre y feliz, siempre buscando estar en paz con nuestro pasado.

Desde un punto de vista neuroanatómico, este tipo de memoria está relacionada con el hipocampo (estructura alargada situada en la profundidad del lóbulo temporal), por ser el principal centro formador, gestor y recuperador de recuerdos, así como la estructura responsable de asociarle el contexto temporal y espacial a la información que almacena y evoca. Las áreas corticales parahipocampales como la corteza entorrinal, perirrinal y giro parahipocampal tendrán un papel complementario.

La zona entorrinal cobra especial importancia en pacientes con demencia senil de tipo Alzheimer, pues es la zona más precozmente afectada (luego el hipocampo, amígdala y finalmente atrofia cortical) y con lo que estos pacientes olvidan episodios y hechos “fundamentales” en su vida pasada, pudiendo olvidarse del nombre de sus familiares y quiénes son para él o ella.

A la corteza entorrinal se la considera una interfaz o estación intermedia entre el hipocampo (recuerdos) y el lóbulo prefrontal (atención y memoria de trabajo). Esta localización cobra especial importancia en pacientes con demencia senil de tipo Alzheimer, pues es la zona más precozmente afectada (posteriormente le seguirán el hipocampo, amígdala y finalmente se producirá atrofia cortical), objetivándose en estudios PET cerebral la alteración del metabolismo de estas zonas (hipometabolismo de las zonas afectadas). De esta manera, los pacientes con demencia tipo Alzheimer característicamente olvidan episodios y hechos “fundamentales” en su vida pasada, pudiendo olvidarse del nombre de sus familiares y quiénes son para él o ella, debido a la repercusión de la esta enfermedad sobre las memorias episódica y sensorial, mientras que las memorias semántica y procedimental se verán afectadas en fases más avanzadas.

Un hecho habitual en pacientes con demencia o con problemas con la memoria es precisamente que “se inventan las cosas”, es decir, la falta de memoria se asocia con la fabulación, término médico que implica que, cuando algo no lo recordamos o tenemos lagunas, lo rellenamos con historias que encajen con lo que sí recordamos, en un proceso constante y continuo por buscarle un sentido a nuestra existencia, que ofrezca continuidad temporal y coherencia interna, al menos, en apariencia.

En el caso de la depresión, y aunque en los estudios de neuroimagen llevados a cabo hasta ahora existen datos bastante heterogéneos, parece haber una consistente reducción del volumen  tanto en el hipocampo (vinculado con la memoria) como del córtex prefrontal medial (=área ventromedial del lóbulo prefrontal, vinculada con comunicación emocional). La reducción del volumen hipocampal es un hallazgo común tanto en primeros episodios como en pacientes con episodios depresivos recurrentes, mientras que el tratamiento antidepresivo ha demostrado aumentar el volumen de ambas áreas.

B. MEMORIA SEMÁNTICA: MIS CONOCIMIENTOS.
La memoria semántica es la memoria explícita de nuestros conocimientos, la que almacena los conceptos, significado de palabras, los hechos generales o el vocabulario (es decir, todo lo que asociamos con el proceso de “aprendizaje” y “conocimiento” que voluntariamente incluimos en nuestra memoria cuando somos estudiantes, por ejemplo).

Se trata de todo lo que almacenamos conscientemente que no tiene una vinculación personal, que no forma parte de lo que “somos”, sino de lo que “sabemos”, y se relaciona con “tener buena o mala memoria”, tener mayor o menor capacidad de almacenar más datos y recordarlos a voluntad.
Mientras la memoria autobiográfica o episódica se ubicaba más en la región hipocampal, la memoria semántica, con inicial proceso hipocampal, puede tener una localización más cortical en última instancia (áreas de asociación sensorial multimodal: parietal inferior, temporal posterior y occipital), donde la memoria más verbal se iría al hemisferio izquierdo y la espacio-temporal dependería del derecho.

Por otra parte, aunque la vinculación emocional proporcionada por la amígdala siempre nos confiere una mayor probabilidad de almacenamiento en la memoria, esta es una memoria que es más dependiente del uso que apliquemos a esta información y del número de veces que la repitamos para recordarla.

Además, presenta una especial relevancia la asociación de términos y “conocimientos”, pues facilita su inmersión en un “sistema memorizado coherente” (en red). Por ejemplo, es más fácil recordar la forma, el sonido y el tacto del pelaje de un gato de forma asociada que atomizada en informaciones dispares. Así, cada vez que recordamos una cualidad, nos vendrían las otras, al igual que si recordamos un limón nos empiezan a salivar las glándulas salivares al recuperar su acidez gustativa.

Un ejemplo de la especialización anatómica (por fragmentos de información sensorial) se puede observar en el almacenamiento de la información visual que se localiza en la corteza occipitotemporal, relacionándose la información acerca de objetos en el hemisferio izquierdo, mientras que el reconocimiento facial está a cargo del hemisferio derecho (también implicada la amígdala).

Incluso si se compara la información sobre objetos inanimados u objetos vivos, se estaría hablando de un almacén neuroanatómico distinto. Gracias a pruebas de imagen se ha correlacionado la nominación de animales con el lóbulo occipital izquierdo, mientras que la nominación de objetos -herramientas, por ejemplo- se relacionan con el área premotora izquierda.

II. MEMORIA NO DECLARATIVA O IMPLÍCITA: MIS APRENDIZAJES MÁS INCONSCIENTES E INFLUYENTES.
Mientras la memoria explícita o declarativa se almacenaba y se podía recuperar de forma consciente, la memoria implícita o no declarativa suele almacenarse y se recupera de forma no voluntaria ni consciente, aunque su inicio puede ser voluntario, como es el caso de la memoria del tipo destrezas y habilidades.
 
Básicamente el que aprende aquí es el cuerpo, y no la mente consciente, por lo que las áreas neuroanatómicas implicadas son el estriado (=cuerpo caudado y putamen; ambos en la región más central y profunda de los lóbulos frontales) y el cerebelo, ambos directamente implicados en la coordinación y ejecución de movimientos inconscientes (sistema extrapiramidal), como el caminar o correr.
 
La recuperación inconsciente adquiere una gran importancia, dado que, al no darnos cuenta de que este recordar se produce, puede influir en nuestras decisiones sin que ni tan siquiera seamos conscientes de ello, como veremos en el priming o cebado.
 
Otra consecuencia lógica de estar tan alejada del control consciente es el hecho de que es un tipo de memoria mucho más rígida, esto es, así como en la memoria explícita -especialmente la semántica- es mucho más fácil de modificar, la memoria implícita, una vez consolidada, es difícil de cambiar, pues está literalmente “metida en el cuerpo”, en el inconsciente motor de los núcleos de ganglios de la base y cerebelo. Un buen ejemplo es el intento de cambiar el swing de un golfista que lleve más de 10 años practicando este deporte, si lo comparamos con cambiarle el orden o el nombre de los ríos de España, o la modificación del nombre de su calle, como resultado de la memoria histórica.
 
También ofrece una ventaja importante: no requiere demasiada atención ni energía en su adquisición, pues se hace de forma inconsciente. Una vez consolidado, su evocación y aplicación se hace de forma automática y sencilla: todo fluye, siempre que lo intentemos hacer de forma “natural”, es decir, inconsciente, pues si lo pretendemos hacer consciente puede entorpecernos su ejecución (ej. una coreografía muy ensayada, si el bailarín lo piensa, puede equivocarse… ha de fluir con ella: su cuerpo ya “sabe”).
 
Existen dos enfermedades contrapuestas que escenifican muy bien las diferencias entre la memoria episódica (explícita) y la procedimental (implícita), que son la enfermedad de Alzheimer comparándola con la llamada corea de Huntington, siendo esta última una enfermedad producida por alteración de los ganglios de la base que coordinan el movimiento, que generan movimientos involuntarios (=corea), y sin alteraciones mnésicas. Así, en el Alzheimer pueden adquirir nuevas destrezas, pero no recuerdan sus datos de vida; mientras en el Huntington no pueden adquirir nuevas destrezas, pero sí recuerdan sin problema los datos de su vida (como simplificación).
 
Se distinguen cuatro subtipos de memoria implícita: a) memoria de destrezas y habilidades, b) memoria asociativa (condicionamiento clásico y operante), c) memoria no asociactivo (habituación y sensibilización); y d) priming/cebado.
 
A. DESTREZAS Y HABILIDADES: EL CUERPO SABE HACER DE FORMA INCONSCIENTE.
A través de hábitos y conductas repetidas de forma inconsciente, las habilidades y destrezas de una persona acaban siendo formas muy eficientes de resolver situaciones en la vida diaria o laboral que le suponen muy poco esfuerzo y se liberan de su atención consciente.

Este tipo de memoria generalmente se inicia de forma más o menos consciente, pero finalmente se consolida de forma inconsciente y se recupera de forma automática cuando es necesario (imaginémonos un karateka profesional que es atacado sin previo aviso). Es el cuerpo el que directamente responde (realmente lo coordinan estriado y cerebelo), y no la elaboración y decisión consciente ( lóbulo prefrontal).
 

 
Un factor importante que todos los deportistas de élite conocen, o los músicos o bailarines, es el hecho de que, si en la ejecución de una actividad que dominan, se introduce demasiado su consciente, especialmente a través de obsesiones y miedos, la realización se ve alterada y salen de su zona de dominio (la zona, en la que fluyen y ejecutan son solidez y seguridad de forma inconsciente).

De hecho, un consejo habitual de entrenadores, profesores y tutores de este tipo de actividades es “no pienses, haz lo que sabes hacer, mete el automático, no le metas mente”. Aquí, el consciente acaba siendo un obstáculo.

Otra situación habitual es cuando alguien que domina algo que “hace” intenta verbalizarlo para explicárselo a otra persona: no siempre es fácil, aún cuando sea un experto en hacerlo (nadie dice que tenga que serlo en saber explicarlo).

Aunque esta memoria requiere práctica y repetición, solo eso no basta.  Para Fittz, la adquisición de estas destrezas y habilidades sigue tres pasos:
  1. Fase cognitiva: donde se requiere atención consciente, y para facilitar su adquisición se divide en diferentes partes para su comprensión y reproducción, hasta automatizarlo;
  2. Fase asociativa: donde no requiere una atención tan consciente, pues está automatizándose, y el propio inconsciente a través del cuerpo va puliendo y eliminando movimientos innecesarios o superfluos.
  3. Fase automática o procedimental: momento en el que el nivel de perfeccionamiento y adquisición de competencia ya es completamente inconsciente y no se requiere apenas de energía para su ejecución, pues “sale solo”. Coincide con la fase última de la Curva del aprendizaje de Vandura: el sujeto se olvida ya de que sí sabe, lo hace de forma automática, y se llama “competente inconsciente”.
Hoy en día se sabe que en el sueño se reestructuran los aprendizajes y la memoria y, de hecho, si se produce un ciclo de sueño REM seguida de un sueño profundo (dormir sin ensoñaciones), se aprende mejor y ayuda a la fase de consolidación de recuerdos y aprendizajes. Quizás esto podría ser tenido en cuenta a la hora de evitar el sobreentrenamiento o el excesivo celo en el estudio sin reparar en su fase de consolidación durante el descanso nocturno.
 
B. MEMORIA ASOCIATIVA: CONDICIONAMIENTO CLÁSICO (PAVLOV) Y OPERANTE (SKINNER).
En el  aprendizaje asociativo un ser vivo es capaz de aprender la relación entre dos estímulos o conductas. Clásicamente se describen dos formas de aprendizaje asociativo: a) el condicionamiento operante, descrito por Skinner, y b) el famoso condicionamiento clásico de Pavlov.

El condicionamiento operante es aquella forma de aprendizaje en la que es posible asociar un estímulo con su consecuencia. En el experimento de Skinner utilizaba la asociación que una paloma asociaba cuando pulsaba un botón o palanca para que le saliera el alimento dentro de la jaula, viendo así cómo la paloma “aprendía” a través de un condicionamiento operante, pues dependía de que ella misma operara un tipo de estímulo (pulsar el botón o movilizar una palanca). Así, se puede adiestrar a mascotas, a delfines, pero también es aplicable a humanos, cuando el hecho de aplicar un estímulo (refuerzo) hace que se produzca un determinado resultado (refuerzo positivo: te compran la bici, si sacas buenas notas) o lo evita (refuerzo negativo: dejan de reñirte, si sacas buenas notas).

Este condicionamiento operante ha de estar de alguna forma vinculado con el sistema de recompensa que se trata en otra entrada, dado que verdaderamente se favorece su repetición al obtener un resultado agradable y deseable para el individuo, aumentando la dopamina en el núcleo accumbens (centro del placer). Por ejemplo, el aplauso del público puede ser un reforzador de la exigencia en el ensayo de un grupo de teatro.

Por otro lado, el condicionamiento clásico se describió gracias al famoso “perro de Paulov”. En un experimento, Paulov comprobó que la comida (estímulo incondicionado) provocaba una respuesta refleja de salivación (respuesta incondicionada). Posteriormente, al estímulo incondicionado comenzó a asociarle un segundo estímulo, tañido de una una campana (estímulo condicionado), el cual por sí mismo no producía la respuesta refleja de salivación (solo con condicionamiento puede lograrse). Sin embargo, conforme se repetía la asociación de ambos, se observó que la campana comenzó también a producir la respuesta de salivación, pasando a considerarse este segundo estímulo (campana) como el estímulo condicionado y la respuesta de salivación como respuesta condicionada.

Aunque ambos condicionamientos requieren tiempo, luego funcionan de forma inconscientes. Un buen ejemplo es cuando memorizamos un número de teléfono. Al principio será un tipo de memoria explícita (semántica, en concreto), pero luego puede acabar siendo una memoria implícita, si es el propio cuerpo el que recuerda cómo se pulsaban los dígitos (esto nos puede ocurrir con una clave o password también).

En Programación NeuroLingüística (PNL) manejamos algo que se le parece, pero con una base neurobiológica distinta: los anclajes. Cuando utilizamos un anclaje, es efecto es inmediato y se basa no en la repetición de un estímulo, asociado a otro (condicionamiento operante), sino a una sinestesia y nos vale con un estímulo sinestésico potente único, si bien es bueno repetirlo para que se consolide y mantenga en el tiempo. Un ejemplo clásico de sinestesia se produce cuando dos enamorados recuerdan y asocian una canción con su propia historia de amor, por ejemplo, cuando se conocieron, se besaron o bailaron juntos. Podrían en un momento determinado estar discutiendo, pero si suena “su” canción es altamente probable que ambos se sientan más unidos al otro, y acaben reconciliándose.

De alguna forma podríamos establecer que:
  • En la memoria implícita del tipo destrezas y habilidades, se pasa de un inicio mental consciente a un aprendizaje interiorizado corporal (mente a cuerpo).
  • En el anclaje pasamos de un estímulo corporal a un pensamiento o emoción que hemos anclado voluntariamente, pero que se dispara involuntariamente al activar el anclaje elegido (cuerpo a mente).
 
C. MEMORIA NO ASOCIATIVA: MÁS REACCIÓN (SENSIBILIZACIÓN) O MENOS (HABITUACIÓN).
El aprendizaje no asociativo es aquel por el que un ser vivo aprende las características de un único estímulo, y así pueden ocurrir dos cosas ante una estimulación reiterada:
  • Habituación: el sujeto será cada vez menos sensible al estímulo y, por tanto, se habitúa a él y no responde con la misma intensidad motora que al principio.
  • Sensibilización: el sujeto aumentará progresivamente su respuesta e intensidad ante la repetición del mismo estímulo, pues se sensibiliza más y cada vez su respuesta se hace más marcada.
La base molecular de este mecanismo parece estar a nivel de las sinapsis cerebrales, por cuanto se ha demostrado (en la Aplysia californica, una babosa) que en el caso de la habituación se produce una depleción (=marcada bajada) de neurotransmisores en la sinapsis (zona de interacción entre neuronas, por ejemplo), en concreto de la acetilcolina; y en la sensibilización sucede lo contrario, por vía de otro neurotransmisor, la serotonina, que aumenta indirectamente el neurotransmisor acetilcolina en las sinapsis.

La utilidad práctica de la habituación es dejar de responder a estímulos importantes cuando situacionalmente se mantienen durante un periodo. Es decir, sí es interesante responder a un grito de forma puntual (ej. 120 decibelios, dB), pero si trabajamos en un área con un sonido muy alto (también de 120 dB) mantenido durante horas, lo ideal que es al final acabemos “habituados”, y que no nos genere la respuesta esperable si fuera puntual. Hemos “aprendido” a vivir con ello, y por tanto nuestra memoria nos prepara para no crear un drama mantenido durante nuestra jornada laboral.

En la sensibilización, un estímulo nocivo puede generar una mayor respuesta que la que inicialmente produjo. Por ejemplo, una reacción hiperdefensiva ante las palabras agresivas iniciales de un pretendiente, por quien ha sufrido este tipo de estímulo negativo en una relación pasada. La persona estaría “sensibilizada” corporalmente ante esas situaciones, por lo que inconscientemente responde no tanto a lo ocurrido ahora, como a lo que ocurrió en su pasado (memoria implícita). A diferencia de la memoria episódica o autobiográfica, esta memoria no es consciente, por lo que su asociación puede no ser identificada o colegida de forma instantánea por quien lo padece.

D. PRIMING O CEBADO: ESTÍMULOS QUE NOS INFLUYEN INCONSCIENTEMENTE EN NUESTRAS DECISIONES.
En el priming, un estímulo concreto que entra por los sentidos (un olor, un sonido) o un propio estado de ánimo o pensamiento, facilita que se tome una decisión inconsciente por el sujeto. Por ejemplo, cuando paso por delante de una panadería, puedo tener el “impulso” de comprar pan por el olor a recién horneado. Pero también, la decisión de quedar o no con una persona puede verse condicionada por los comentarios animosos o esperanzadores de otras personas a mi alrededor, o si alguien me pregunta qué aspectos interesantes de la persona valoro. De nuevo, lo anterior a lo que me veo expuesto, sensorial o cognitiva-emotivamente, va a condicionar lo que después “decida”, aunque lo decidido es mucho menos voluntario de lo que soy consciente.
 
Existe un estudio clásico en esta línea. En 1966, John Bargh entregaba una serie de tarjetas con mensajes vinculados al envejecimiento (sin nombrar lentitud ni referirse a movilidad reducida de ningún tipo) a un grupo de personas de diferentes edades. Estudiando simplemente la velocidad con la que luego se movían, comparada con la del grupo sin tarjetas sobre envejecimiento, pudo verificar que les afectaba, pues se movían con una lentitud clara y signitificativamente menor. Lo mismo sucede al revés: a un grupo de ancianos a los que se le recuerde los “tiempos mozos” les facilitará un movimiento más dinámico que previamente, si entran en esa conversación y se imbuyen de lo que sentían y cómo se sentían. Por lo tanto, la pre-realidad que nos decimos influye en la realidad que después creamos.
 
Estas estrategias son ampliamente conocidas en el neuromarketing o formas con base científica en la que pueden influir en sus potenciales clientes. Un ejemplo interesante se muestra en la película Focus protagonizada por Will Smith.
 
UN MATIZ CRÍTICO PARA LA NEUROANATOMÍA DE LA MEMORIA: SUPERANDO LA MATERIA.
Hasta ahora, hemos presentado la memoria como una habilidad del cerebro (el órgano dentro de la cabeza) para almacenar y recuperar información, de forma explícita o implícita, y que nos ayuda en el proceso del vivir, aunque genera también algunas consecuencias disfuncionales que podemos conocer y con ello solucionar.

El acuerdo implícito básico es que para memorizar y para recuperar lo memorizado el cerebro ha de estar funcionando, y para estar funcionando -como todos sabemos- el cerebro, como órgano vivo del cuerpo, necesita que le llegue el oxígeno y los nutrientes, es decir, necesita que esté irrigado por la sangre que alimenta la vida del órgano.

Ya en el año 2001 la prestigiosa revista THE LANCET (https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140673601071008/fulltext) publicaba una revisión exhaustiva de un estudio holandés sobre experiencias próximas a la muerte (NDE o Near-Death Experiences, en inglés), y cómo estas personas “recordaban” hechos que vivieron y atribuyeron a una vida después de la vida CON EL CORAZÓN PARADO Y EN MUERTE CLÍNICA DOCUMENTADA, por lo que el cerebro no estaba funcionando, ya que no le llegaba la oxigenación ni los nutrientes necesarios para su subsistencia. Lo que se revertió en esos casos, pudiendo luego el paciente relatárselo al médico e incluyendo ese caso para el estudio que se publicaría.

Esto nos deja con una duda importante. Si el cerebro no funciona, ¿qué es lo que almacena esos recuerdos y desde dónde se recuperan, si no es de una parte del cuerpo, dado que ese cuerpo en esos minutos está sin irrigación de ningún tipo?

En esta serie de artículos (memoria I, II y III) hemos expuesto lo que la medicina seria y rigurosa publica sobre lo que se sabe o cree saber acerca de cuáles son los centros nerviosos implicados en la memoria y cómo funciona grosso modo. No obstante, debemos tener en cuenta que el que un determinado segmento del cerebro se correlacione por acción u omisión en el desarrollo, almacenamiento y/o recuperación de la memoria, no necesariamente implica que el final del proceso depende íntegramente de ello. Por ejemplo, si yo estoy hablando en la radio y alguien en su casa apaga su radio, yo puedo seguir hablando “en la radio” en la cabina donde se esté grabando, aunque el receptor físico de radio que esa persona ha desconectado o apagado no esté sintonizando la señal.

No confundamos, por tanto, lo que sabemos acerca de qué partes están implicadas con lo que sabemos sobre el fondo del asunto de quienes somos, pues, en el fondo, si solo fueramos un cuerpo, el cuerpo cadavérico debería poder vivir: será que cuando “el cuerpo pierde la vida”, lo que pierde es precisamente a nosotros (LA VIDA), y no al revés. El cuerpo es solo una forma sin vida, salvo que la vida se meta en él.

Existen muchas publicaciones científicas rigurosas acerca del cómo la información que creemos disponible para nosotros quizás no solo esté disponible únicamente para nosotros.
El enfoque de la física cuántica, con una visión holográfica de toda la información de una vida, se está acercando mucho más a desentrañar el secreto mejor guardado: ¿Quiénes somos? Y no parece que un enfoque reduccionista y materialista de la realidad nos haya ayudado mucho a avanzar, pues sería como volver a anclarnos en leyes de Newton en la física, cuando ya las de Einstein de hecho han sido sobrepasadas con los físicos del quantum, donde todo un mundo de posibilidades está presente, y donde vemos solo “materia”, hoy se sabe que todo es luz, energía e información.
 
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Autores:
  1. Dra. Lucía Pérez Suárez (Médico Residente de Psiquiatría en Hospital Universitario Central de Asturias-HUCA).
  2. Dr. David Calvo Temprano (Director EEL Asturias, Health Coach & Pratitioner PNL, Radiólogo HUCA).
 

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