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INTELIGENCIA EMOCIONAL Y NEUROCIENCIA (PARTE I)
Conocernos emocionalmente nos ayuda a tomar decisiones más inteligentes y adaptativas.

Fecha: 15/02/2022

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DEFINICIÓN:
Los padres de la Inteligencia Emocional (IE), John Mayor y Peter Salovy, la definieron como la capacidad que todos tenemos de percibir, reconocer, comprender y gestionar las emociones propias y ajenas, para así poder tomar decisiones en nuestra vida más inteligentes, tanto desde el punto de vista racional como emocional.

Una emoción es una “alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática” según la RAE, lo que nos ayuda a determinar algunos aspectos importantes de la emoción:
  • Ofrece una valencia (“agradable o penosa”), que nos ofrece la información de si lo que sentimos nos “agrada” (valencia positiva) o “desagrada” (valencia negativa), y con ello sabemos cómo nos sentimos hacia lo que percibimos en nuestra realidad (relaciones con personas, acontecimientos diarios, etc).
  • Prepara al cuerpo con cierta “conmoción somática”, es decir, las emociones nos vienen preconfiguradas con un “programa” corporal por el cual el propio cuerpo se prepara ya para lo que es adaptativo hacer con objeto de recuperar nuestro equilibrio emocional. Así, si sentimos ira hacia un ataque, nuestro cuerpo aumenta su capacidad de reaccionar físicamente para defendernos ante la posibilidad de usar la fuerza física, verbal o energética. De ahí, se suele recordar que e-moción, viene de e-motion, es decir, la energía para el movimiento, para acción que normalice la situación vivida.
  • Es intensa y pasajera, es decir, no perdura de forma adaptativa. Generalmente, las emociones duran segundos o minutos, pues si llegan a persistir en el tiempo las llamamos estados de ánimo (días o semanas) o un carácter (años). Veremos cómo las emociones desadaptativas perduran en el tiempo por no cumplir su función, o no ser oídas e integradas saludablemente.

ORIGEN NO CONSCIENTE, SUBCORTICAL:
Las emociones se gestionan, coordinan e integran en el centro integrador emocional por excelencia, la amígdala cerebral, una en cada polo anterior de la región profunda de los lóbulos temporales. Estas regiones son centros especializados en la gestión de las emociones y se encargan además tanto de añadir un carácter emocional a los estímulos externos (por ejemplo, ver un niño corriendo en la playa y asociarle alegría) como de coordinarse con el centro de la memoria, el hipocampo, con quien, en proximidad física en el mismo lóbulo temporal, vincula los recuerdos a la emocionalidad dominante de ellos.

Todas estas funciones de la amígdala cerebral son subcorticales, y esto significa que son no conscientes para nuestra mente (en su origen), dado que no se han considerado aún por la región del consciente cerebral, el córtex cortical o corteza cerebral (las circunvoluciones de la parte externa del cerebro de los lóbulos cerebrales, muy especialmente los lóbulos más anteriores, los frontales).

Cuando las emociones nacen son inconsciente y además irracionales, pues no van inmersas en una lógica racional como los pensamientos consecutivos que de forma ordenada puede producir la mente racional, con base en la parte externa del lóbulo prefrontal (área dorsolateral).

Solo cuando la información emocional es procesada por el centro principal, la amígdala (subcortical), procede entonces su elevación al plano consciente a cargo de la región prefrontal del córtex, concretamente las áreas medial y basal de la parte anterior de nuestro cerebro (áreas ventromedial y orbitofrontal respectivamente), donde las emociones se convierten en SENTIMIENTOS, pues han sido procesadas ya a nivel cortical y puede hacerse consciente la vivencia emocional, integrar la información que llevan (o no) y aplicarle los filtros sociales y personales que portamos en todo aquello que llamamos creencias y valores. En su regulación tiene un papel muy importante la región orbitofrontal del lóbulo prefrontal, pues es responsable de aplicar la inhibición cultural que muchas veces requiere nuestra acción elegida, alejada de la vivencia de lo que sentimos en algunas ocasiones (por ejemplo, con el enfado).

Las regiones responsables de los componentes fisiológicos de las emociones y su somatización son, por un lado, la amígdala junto al hipocampo y núcleos del tronco del encéfalo para activar funciones del sistema nervioso vegetativo; y por otro, la amígdala y las áreas ventromedial y orbitofrontal para la expresión y acción voluntaria decidida con matices emocionales.

Las emociones son nuestra guía para la conducta, de tal forma que, si se lesiona, por ejemplo, la región ventromedial, que nos ayuda a tomar decisiones ordinarias (y no ordinarias) en base a su tinte emocional, podemos volvernos indecisos y no llegar a tomar decisiones tan sencillas como elegir el color de una corbata, la camisa o la falda que nos apetece para esa ocasión. Esas decisiones tienen una base emocional, y para eso nuestra información de qué nos gusta ha de estar disponible para decidir en nuestro día a día.

CEREBRO TRIUNO:
La clave con nuestras emociones es recibir adecuadamente su información, que nace de forma inconsciente e irracional, y además de forma automática ante el estímulo con el que se asocia, y poder así tomar decisiones conscientemente más coherentes con nuestro pensar, ayudarnos a movilizarnos hacia lo que nos gusta y nuestros objetivos y distanciarnos de lo que no nos gusta y solucionar lo que detectamos como un problema.

Se considera un gran salto evolutivo la aparición de emociones en las especies, que también comparten los animales, ya que ayuda a realizar conductas más adaptativas al medio siempre cambiante y flexibiliza las opciones de respuesta del sujeto. Así, en 1970, la teoría de MacLead nos ayudó a ver cómo existen regiones profundas y antiguas evolutivamente hablando en el cerebro humano (cerebro reptiliano) que se centraban la mera supervivencia, en mantener un equilibrio homeostático por medio de reflejos e instintos rígidos con resultado de una vida automática y poco consciente. Aún predomina estas regiones cuando el sujeto percibe un entorno hostil, donde el objetivo cero en seguir vivo.

Con las emociones apareció el cerebro límbico o emocional, con sede principal en un conjunto de regiones profundas en forma de anillo en el entorno de la amígdala, que se centra en lo que sentimos ante estímulos externos e internos y así adaptarnos a buscar mejores formas de vivir y sobrevivir.
Pero en el hombre, con un cerebro evolutivamente más evolucionado, con la aparición del córtex cerebral, aparecen funciones cognitivas cerebrales que potencian su capacidad de pensar y reflexionar, razonar y elegir preferencias conscientemente. Este cerebro se especializa en pensar, pero esto ha supuesto un conflicto interno por no saber armonizar sentir y pensar, ya que lo que en ocasiones nos dice el corazón no va en consonancia con lo que el pensar y la razón nos predica.

La IE nos proporciona herramientas para que cerebro y “corazón” se pongan a hablar y encuentren juntos mejores maneras de vivir la vida en paz y con el máximo de felicidad y placer, sin desoír las necesidades que consideremos básicas en la vida. Para ello, adelantar cognitivamente escenarios puede ser una ventaja, pero nunca si eso nos saca constantemente del presente y nos aleja de la realidad de este, impidiéndonos aceptar e integrar el ahora. Este gran salto de armonización de la ventaja adaptativa racional con el tinte emocional realista del “qué siento ahora” es necesario llegar a integrarlo en nuestras vidas para poder vivir en paz y disfrutar la vida como deseamos.

Las emociones por lo tanto nos ayudan tanto a adaptarnos a un medio cambiante de forma más flexible, pero también nos sirven de canal comunicativo, tanto con los demás como con nosotros mismos, y nos motivan a la acción, de ahí, que motiv-acción sea lo que nos motiva a actuar, a llevar a cabo acciones para obtener nuestros objetivos. Pero las emociones no siempre nos parece que nos ayuden a adaptarnos, ¿verdad?

LATERALIZACIÓN Y MEMORIA EMOCIONAL:
Siempre se ha contemplado dentro de la neurociencia afectiva que es el hemisferio derecho el que más se ocupa de los aspectos emocionales de la experiencia, mientras el izquierdo es más lógico, matemático, rígido y concreto. En realidad, hoy se valora más como una regulación bilateral, aunque con valencia en el tipo o grado de agradabilidad de la emoción o sentimiento (valencia: positiva o agradable y negativa o desagradable).

Fue Jackson en 1878 el primero que valoró la lateralización de funciones cerebrales, ya que en lesiones del hemisferio izquierdo los pacientes perdían el habla (afasia) pero no el lenguaje emocional, llegando a la conclusión de que el hemisferio derecho era el encargado de la expresión emocional.
El hemisferio derecho integra la información de forma más global, menos concreta y más totalizadora, incluyendo todos los matices a la vez. Es el intuitivo, creativo, visuoespacial y ofrece una orientación tridimensional; mientras el izquierdo es lógico-matemático, lingüístico (habla hablada, escrita y comprendida; áreas de Broca y Wernicke, hoy superadas realmente), experto en el pensar, analizar y planificar.

Sería como decir que el hemisferio izquierdo intentaría en un cuadro ir dividiéndolo y valorando los trazos de forma separadas; mientras el derecho ve todo el cuadro al mismo tiempo sin reparar en los detalles mentales tan característicos de la mente racional, sucesiva y planificadora. Pero ¿cómo ver “belleza” en un cuadro? ¿analizando la cadencia y color de los trazos del pincel, o gracias a una valoración que está más allá de todo eso?

Existe, asimismo, una inhibición recíproca de ambos hemisferios (postulada por Gainotti, 1989), lo que supone que cada hemisferio potencia “su” valencia, pero también inhibe la del otro. Así, el hemisferio izquierdo potencia la positiva, y también inhibe la negativa del derecho, y si se lesiona existe una potenciación dual del otro: una, por su propia activación; y otra, por perder la inhibición del hemisferio contralateral (del otro lado).

En lesiones cerebrales del hemisferio derecho es también conocido una patología neurológica muy llamativa: la negligencia, que implica que el sujeto afecto no reconoce como propia esa parte de su cuerpo, por lo que no la cuida, no la valora y, además, la descuida activamente. Por ejemplo, un paciente con heminegligencia izquierda descuidaría esa mitad de su cuerpo, sin asearlo, sin protegerlo de lesiones. Esto se debe a no crear lazos de conexión con esa parte de su cuerpo.

En estudios de resonancia funcional (RMf) se encontraron que las emociones agradables activaban las regiones fronto-temporal izquierda, y las desagradables en frontal inferior y giro recto del hemisferio derecho (orbitofrontal).

La prosodia emocional, el arousal vegetativo (la descarga del componente del sistema nervioso vegetativo en la emoción) y el reconocimiento facial emocional se regulan más por el hemisferio derecho que por el izquierdo, en ambos casos en coordinación con la amígdala.

En test neuropsicológicos los sujetos valoran más la hemicara izquierda como más intensa o expresiva que la derecha y similares resultados se obtienen con estudios de electromiografía, lo que indica que es una mejor representación de nuestro estado emocional real lo que nos muestre el lado izquierdo de nuestra cara, pues está regido por la parte del cerebro que mejor computa esta información sobre cómo nos parece lo que vivimos. También es la que mejor representa la vivencia emocional en visualizaciones, recreaciones mentales de recuerdos emocionales pasados; por la misma razón.
Resulta también llamativo ver cómo se asume que generalmente las emociones de tinte o valencia positiva, agradable, son más propias de los mismos núcleos en el hemisferio izquierdo -el dominante, pero no el especializado en emociones-, mientras las emociones de tinte desagradable se gestionan desde el hemisferio derecho, más entrenado en lo emocional. Por lo tanto, la tónica general es que nos especializamos en emociones de valencia negativa o desagradable, y esto habla de nuestro estado emocional basal como especie… hasta ahora.

Vivir esa experiencia en nuestro cuerpo depende enteramente del nivel subcortical, directamente gestionado por la amígdala (memoria emocional implícita e inconsciente), activando su “brazo ejecutor vegetativo” a través del hipotálamo y los núcleos del tronco del encéfalo; pero la consciencia de esa experiencia sí es cortical, y depende de la región ventromedial del lóbulo prefrontal, aunque el recuerdo y memoria de esa vivencia quedará almacenada y/o gestionada por el hipocampo (memoria emocional explícita, consciente, con tinte emocional atribuido también por la amígdala).

Se asume que los recuerdos propiamente se localizan en áreas asociadas al hipocampo, como el área parahipocampal. Esta información aporta la información contextual de los estímulos externos, al relacionarlos con vivencias pasadas con las que resonamos o elegimos resonar en ellos (consciente o inconscientemente: el poder es nuestro si nos hacemos conscientes).

Existe un efecto de resonancia emocional entre la memoria emocional implícita de la amígdala y la explícita dependiente del hipocampo, de forma que, cuando tenemos emociones de una valencia (sentir tristeza), son más fáciles de traer recuerdos con esa emoción (entramos en el bucle de recuerdos tristes); y cuando evocamos un recuerdo con un tinte emocional dado, también lo teñimos todo en nuestra realidad con esa valencia emocional (el ahora lo vemos triste y sentimos tristeza, a partir de recordar algo triste). Conclusión práctica: cuidemos tanto lo que sentimos como lo que recordamos, pues se retroalimentan mutuamente una vez activados (emociones y recuerdos; amígdala e hipocampo).

Otro efecto interesante es que nunca olvidamos los condicionamientos emocionales, es decir, si asociamos algún estímulo a una emoción de forma intensa (por ejemplo, sonido de pasos con agresión física, de un niño maltratado por sus progenitores), podemos fijar un nuevo condicionamiento, y no sentir esa emoción (miedo, en el ejemplo), pero ante un estímulo muy poderoso, podría volver a aparecer después de haberlo sustituido; porque no se borra, solo se aprende algo nuevo, y puede volver a activarse si el estímulo es suficientemente potente. Esta inhibición de respuesta emocional corre a cargo de las funciones inhibitorias del lóbulo prefrontal sobre la amígdala, en concreto con el área orbitofrontal.

El área orbitofrontal es también la zona responsable de mantener la información emocional útil para lo que toca en cada momento presente, la llamada memoria de trabajo emocional, que se coordina con el resto de datos importantes para decidir en el ahora, en la memoria de trabajo, gestionada por el área dorsolateral del lóbulo prefrontal y en conjunción con el cingulado.
 

CLASIFICACIÓN: ADAPTATIVAS Y DESADAPTATIVAS
Una clasificación fundamental de las emociones es la que las clasifica en función de si nos ayudan a vivir mejor nuestra vida -son adaptativas y saludables- o no.

Las adaptativas son todas aquellas emociones/sentimientos que vivimos recibiendo su información en el momento, de forma consciente o inconsciente, pero que nos aportan señales útiles para mantener nuestra homeostasis. Así, un enfado ante una amenaza real de este momento me prepara para acometer ahora las medidas para sentirme seguro y protegido de esa amenaza, y para eso la emoción de la ira me está resultando adaptativa.

Las no adaptativas son disfuncionales, porque acaban produciéndose más por un diálogo mental interno que por un verdadero estímulo que, en muchas ocasiones, nosotros mismos reconocemos que no es “suficiente” para causar ese disconfort. Estas emociones y sentimientos se producen por una retroalimentación en base a creencias y pensamientos que reconocemos como “familiares” por cuántas veces aparecen en nuestra mente, y que nos torturan y parecen obligarnos a vivir con la realidad en conflicto, pues, aún con estímulos mínimos pero repetitivos, o casi sin vinculación con el estímulo, reaccionamos ante un bucle mental desadaptativo.

Por ejemplo, si nos sentimos agraviados por nuestro jefe durante años, y suele utilizar una muletilla lingüística como “¿qué, aún no te ha dado tiempo?”, si esta misma frase nos la dice una persona anónima, con la que nunca antes hubiéramos coincidido podríamos reaccionar como si fuera ese jefe con el que sentimos una ira ya reprimida y cronificada, en fase de resentimiento o incluso odio, y reaccionar de forma desproporcionada ante un sorprendido anónimo que podría a su vez malinterpretar nuestra reacción (pues no fue por él, sino por nuestro diálogo interno: “nunca reaccionamos ante lo que ocurre, sino ante lo que nuestra mente juzga que está ocurriendo y cómo esto le parece según nuestras creencias y experiencias pasadas”).

Para mantener este bucle de emociones desadaptativas, vemos cómo las emociones han de mezclarse con un diálogo mental interno basado en recuerdos con matices emocionales aún no bien gestionados, que se traen a la memoria de trabajo emocional a partir de la gestión del hipocampo con el lóbulo prefrontal.

Aún cuando el diálogo interno es cortical, centrado en el lóbulo prefrontal, y en coordinación con las áreas de la memoria, cuyo centro rector es el hipocampo, todo este proceso, tanto de la emoción adaptativa como desadaptativa puede ser en gran medida desadaptativa.

Resulta curioso cómo, gracias a la región más evolucionada -el lóbulo prefrontal-, se puede producir un diálogo interno mental que puede ocasionar un sentimiento desadaptativo, por un mal procesamiento (conflictivo) de la información emocional -que viene de la amígdala, subcortical- con la información cultural -que se aloja en el lóbulo prefrontal, con creencias y normas culturales introyectadas por el sujeto desde su educación social.

Un reto para nuestra evolución es llegar a integrar a nivel consciente una información emocional que pueda ser adaptativa, funcional para estar bien y agradable en su vivencia de acompañamiento en nuestra vida.

 
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Autores:
  1. Yolanda Villar García
    • CEO Escuela Europea de Líderes.
    • Presidenta AICM (Asociación Internacional de Coaching y Mentoring).
    • Publicista y socia de Hydra Marketing.
  2. Dr. David Calvo Temprano (Director EEL Asturias; Coach & Practitioner PNL; Médico radiólogo en HUCA; Profesor Universidad Oviedo).

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