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CEREBRO EMOCIONAL V: AMÍGDALA Y MEMORIA
Vivimos y sentimos por activación emocional desde la amígdala, recordamos más lo emocional desde el hipocampo.

Fecha: 11/05/2021

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LA AMÍGDALA CEREBRAL: CENTRO DECISOR EMOCIONAL
Tenemos dos amígdalas cerebrales, una en cada hemisferio, y en ambos casos son unos conglomerados de pequeños núcleos que conjuntamente tienen una forma de “almendra” en su anatomía (de ahí su nombre: amígdala significa almendra).
 
Se localizan en la región más profunda y anterior de los lóbulos temporales, en relación con la cabeza de los hipocampos, que son dos estructuras alargadas paralelas al ventrículo lateral, también en la profundidad de los lóbulos temporales del cerebro.
 
Este núcleo subcortical pertenece al cerebro reptiliano (en la teoría del cerebro triuno de MacLean: reptiliano, límbico y racional) y eso significa que es antiguo evolutivamente, representando el centro integrador emocional y parte más destacable y conector del sistema límbico.

Es con toda probabilidad la parte del cerebro más vinculada científicamente con las emociones, ya que es sistemáticamente reconocida en todos los estudios como un núcleo fundamental en ellas, reproducible por todos los grupos y fácil de activar con diferentes pruebas experimentales (visuales, auditivas, táctiles…).
 

Es responsable de la atribución emocional básica a los diferentes estímulos, es decir, atribuye afectividad a la información entrante (por ejemplo, vincular el olor de una persona con lo que sentimos por ella), tanto con emociones básicas e innatas (miedo, ira, tristeza, alegría, asco, sorpresa) como aprendidas o culturales (asociadas a un componente cognitivo atribuido por el lóbulo prefrontal, como veremos). Su mayor relación se produce con emociones aversivas, máxime en el miedo, con cuya emoción la amígdala se activa de forma bilateral (las dos amígdalas cerebrales entran en funcionamiento: modo supervivencia).
 
De forma esquemática podríamos decir que la propia amígdala es capaz de ofrecer respuestas estereotipadas, rápidas e inconscientes, poco precisas pero eficaces, muy útiles en la adaptación a corto plazo para la supervivencia del organismo. Es decir, es capaz de tomar decisiones sin permiso de la cortical, en situaciones que amenazan la supervivencia y requieren una respuesta urgente, eficaz y sencilla (por ejemplo, huir de un león).
 
Para decisiones en entornos sociales interpersonales, llenos de matices sutiles, la decisión no podrá ser tan simple (subcortical: amígdala), sino que correrá a cargo de la parte más evolucionada y racional de nuestro cerebro (cortical): el lóbulo prefrontal.
LA AMÍGDALA INTEGRA, DECIDE, RECONOCE CARAS Y ATRIBUYE TODA EMOCIÓN.
La amígdala cerebral tiene muchas funciones vinculadas con la gestión emocional, constituyéndose como CENTRO INTEGRADOR EMOCIONAL, no solo para el manejo de la información, sino para la toma de decisiones y activador de respuestas a nivel motor, vegetativo (arousal vegetativo) y endocrino.
 
Para cumplir con esta función tan destacada e integradora recibe y envía información prácticamente de todo el cerebro con algún papel en las emociones, de forma directa o indirecta, y se interconecta con áreas:
  1. receptoras de información, como el tálamo (centro integrador de todo tipo de información sensorial, tanto del exterior como del interior de nuestro cuerpo); y
  2. efectoras o ejecutoras, como son los centros:
    • motores (ganglios de la base y cerebelo, reguladores del movimiento);
    • vegetativos (hipotálamo y núcleos del tronco del encéfalo -TE); y
    • endocrinos (activación del eje hipotálamo-hipofisario y su modulación de glándulas principales de nuestro cuerpo).
 
 
Con la activación de tantas áreas cerebrales por la amígdala, no solo pone el cerebro sensorial, motor y vegetativo en funcionamiento, sino también se ve afectado nuestro sistema inmune, adelantando ya un mensaje poderoso: “nuestras emociones influyen en nuestra capacidad de responder a las infecciones y los potenciales tumores de nuestro cuerpo”.
 
Aunque su mayor vinculación funcional se encuentra estrechamente relacionada con la gestión y respuesta fisiológica y adaptativa al miedo, y emociones de tinte “desagradable” o “negativo” (como la ira), participa en la gestión de todas las emociones, sean de valencia positiva o negativa. La valencia emocional se refiere al carácter agradable (positivas) o desagradable (negativas) de lo vivido o sentido.
 
Además, resulta clave para el reconocimiento de las expresiones faciales de las emociones (especialmente del miedo), aunque participan sin duda áreas del lóbulo prefrontal, por sus innumerables posibles matices. Este reconocimiento es fundamental para la empatía y, en general, un requisito esencial para el desarrollo de la inteligencia emocional interpersonal. También participa en la prosodia emocional del lenguaje, esto es, modula el ritmo, el tono y la acentuación con carga afectiva de nuestra forma de hablar en cada momento; relacionándose con la zona especializada cortical (véase imágenes: corteza temporal inferior).
 

A su vez, también recibe la información altamente procesada desde la propia cortical, que sirve para modular e inhibir las respuestas amigdalinas de acción rápida que se inspiran en ambientes donde corre peligro nuestra supervivencia, incluida su forma de expresión emocional. Así, aunque la reacción del miedo ante el grito de un jefe puede activar rápidamente la amígdala y predisponernos a ciertas respuestas motoras y viscerales, el lóbulo prefrontal inhibe estas posibles respuestas y las hace más “civilizadas”, y las pone “en perspectiva”.
 
La atribución emocional de los estímulos también considera la asignación de “premio” y “castigo”, es decir, participa en la carga de lo que nos resulta agradable y desagradable, a un nivel aún inconsciente y subcortical. Esta información será recibida y matizada en el córtex, donde finalmente será “experimentada” como un sentimiento más consciente y lleno de matices: la emoción se considera inconsciente y subcortical en su origen, mientras el sentimiento es consciente y cortical.
 
SIN AMÍGDALAS NO SENTIRÍAMOS MIEDO: MANSEDUMBRE E HIPERCURIOSIDAD.
A nivel experimental se han extirpado en animales de laboratorio las dos amígdalas cerebrales, al extraer los polos anteriores de ambos lóbulos temporales, produciéndose en ellos una perdida de la capacidad de sentir ira y miedo, y mostrar así una elevada de mansedumbre e hipercuriosidad en situaciones en las que un animal estaría “alerta ante las posibles amenazas para su supervivencia”.
 
En humanos son conocidos dos cuadros clínicos que aparecen ante la lesión de ambas amígdalas:
  1. Síndrome de Kluber-Bucy: generalmente producida por una infección del virus del herpes (=encefalitis herpética, que afecta a estas regiones de forma preferente), donde el paciente presenta ausencia de miedo, mansedumbre e hipercuriosidad, además de hipersexualidad y un signo llamado hiperoralidad, que consiste en que intentan reconocer y explorar llamativamente los objetos con la boca.
  2. Enfermedad de Urbach-Wiethe: por calcificación de las amígdalas, donde se altera la capacidad de reconocimiento facial emocional (aunque puedan verlo, no le asocian la emocionalidad propia de la expresión) además de no padecer síntomas de miedo.
LA CORTEZA PREFRONTAL: LA ACTIVA PARA EJECUTAR O LA INHIBE PARA “CIVILIZAR”.
La corteza del lóbulo prefrontal mantiene una continua interrelación con la amígdala y lo hace con resultado tanto de activación como de inhibición de sus funciones:
  1. Activa la amígdala y toda su cascada de respuesta somática y vegetativa (activación del hipotálamo), para la adecuada somatización y experimentación corporal de las emociones (por ejemplo, ante un pensamiento racional con carga emocional de miedo).
  2. Inhibe y modula la respuesta emocional de la amígdala, para que la manera de expresión de ciertas emociones (especialmente el miedo y la ira) sea acorde con contextos sociales interpersonales complejos (por ejemplo, en presencia de extraños, no ofrecemos agresividad para protegernos, sino que podemos mostrar cordialidad y amabilidad). Esta función inhibitoria corre a cargo de la región llamada orbitofrontal del lóbulo prefrontal, alojada inmediatamente por encima de las órbitas oculares, en gran medida por activación de unos núcleos en la amígdala que inhiben su propia función (los núcleos intercalares liberan GABA, el neurotransmisor inhibidor cerebral por excelencia).
 
QUÉ PARTES TIENE LA AMÍGDALA: DOS RECIBEN Y UNO MANDA.
La amígdala es un conglomerado de varios núcleos y presenta 3 núcleos más diferenciados con funciones especializadas conocidas: dos de recepción sensorial (corticomedial y basolateral) y uno de coordinación y emisión de órdenes de respuesta emocional (central o centromedial); por lo tanto,
  • dos núcleos se dedican a recibir información para su procesado y atribución de significado emocional, y
  • un núcleo es el efector de salida de órdenes para ejecutar sus funciones, generalmente a través, a su vez, de otros núcleos especializados.
Los núcleos con anatomía y función diferenciada son:
  1. Corticomedial o cortical: reciben información (aferentes) olfativa, por lo que se relaciona con la conducta sexual (feromonas) y el saciamiento (pérdida de apetito), o despertar recuerdos o hacernos huir con solo determinados olores.
  2. Basolateral: reciben información visual, auditiva, gustativa y táctil (resto de sentidos).
  3. Central o centromedial: coordina la información que sale (eferente) como una respuesta emocional con contenido autonómico (simpático y parasimpático) y endocrino y conductual; esto es, activa el componente fisiológico de las emociones, especialmente las aversivas (miedo, por ejemplo).
  4. Núcleos intercalares: son pequeños grupos de células que liberan GABA en otras áreas de la amígdala para regular su función, e inhibir, por ejemplo, la activación amigdalar ante señales que el lóbulo prefrontal (orbitofrontal) decide que no es apropiado responder de ese modo (ira y miedo). Al activar estos núcleos, la amígdala se quedaría tranquila, y no dispararía la respuesta típica en el cuerpo ni tomaría decisiones impulsivas desde la búsqueda de supervivencia.
VÍAS DE CONEXIÓN: SUS CARRETERAS DE COMUNICACIÓN.
En anatomía siempre diferenciamos las fibras nerviosas que llegan a un núcleo (aferentes) de las que salen (eferentes), de forma que las aferentes ayudan a que el núcleo obtenga la información necesaria para sus funciones, y las eferentes le permiten enviar sus señales nerviosas para que otras zonas del cerebro o del cuerpo (músculos y vísceras, por ejemplo) cumplan con sus funciones.
 
a) EFERENTES: ENVÍAN INFORMACIÓN A OTROS.
Los núcleos amígdalares necesitan comunicarse con otras áreas del cerebro para cumplir sus funciones y sus vías eferentes de conexión son las llamadas:
  1. estría terminal: le comunica con el hipotálamo, para sus funciones vegetativas, endocrinas y viscerales; y
  2. vía amigdalofugo ventral: le comunica con a) los núcleos del TE (efectores de funciones vegetativas y productores de múltiples neurotransmisores); y áreas del lóbulo prefrontal importantes, b) la región orbitofrontal (centro que modula e inhibe a la propia amígdala, a través de los núcleos intercalares) y c) el giro cingulado (clave en la valoración multifuncional del cerebro, para elegir a qué le ponemos nuestra atención).
Además, estas vías comunican la amígdala con otros núcleos, como el accumbens y el septum (circuito del placer), los ganglios de la base (coordinación motora) y, por supuesto, el tálamo (centro integrador de la información sensorial del cuerpo).
 
Los núcleos del TE más destacados y sus neurotransmisores principales son: núcleos del vago (acetilcolina), dorsal del rafe (serotonina), locus ceruleus (noradrenalina) y parabraquial (acetilcolina). También se comunica con la llamada sustancia gris periacueductal, favoreciendo así reducir el dolor excesivo en determinadas circunstancias.
 
 

b) AFERENTES: RECIBEN INFORMACIÓN.
Estas vías por las que la amígdala recibe información necesaria para cumplir sus funciones muchas veces se denominan simplemente vías amigdalinas, aunque en sentido estricto tanto las aferentes como las eferentes se incluirían en su denominación.
 
Tienen especial importancia 3 áreas cerebrales con las que se comunican, realmente de forma bidireccional, y con las que está permanentemente interrelacionada: tanto recibiendo como enviando información (aferencia y eferencia de señales).
 
Estas tres áreas definen sus tres “vías” principales (rápida, lenta y contextual):
  1. Tálamo: por la vía tálamo-amigdalina, por la que se atribuye en la amígdala el contenido afectivo a estímulos simples que vienen desde el tálamo (estación central de la información sensorial de todo el cuerpo).
    • Está presente en todos los vertebrados.
    • Es responsable de la activación amigdalar con estímulos incondicionados (no necesitan ser aprendidos) o condicionados simples (sin paso por la cortical, pero aprendido en la vida del individuo).
    • Es una vía muy rápida, pues es mucho más corta que la siguiente.
    • Permite una evaluación inconsciente, primaria, rápida y efectiva ante estímulos peligrosos.
  2. Córtex prefrontal: por un circuito por el que el tálamo envía primero la información poco procesada al córtex (tálamo-cortical), para asignarle matices sutiles y evolucionados en el córtex prefrontal -especialmente en ambientes sociales complejos-, y luego comunica esta información altamente procesada ya a la propia amígdala (cortico-amigdalino), pudiendo así, por ejemplo, impedir o modular la respuesta amigdalar en ciertos contextos (en los que la amígdala reaccionaría de forma desmesurada con miedo e ira).
    • Está presente solo en mamíferos.
    • Opera en estímulos condicionados complejos y discriminativo (aprendidos y matizados en contextos complejos, mudables, especialmente sociales interpersonales).
    • Esta vía es mucho más larga y por lo tanto más lenta, pues necesita pasar por el córtex para volver a bajar a la región subcortical donde están las amígdalas.
    • Se atribuye así contenido emocional a estímulos complejos, cognitivamente tratados ya en el lóbulo prefrontal.
    • Incluye muchos matices y su nivel de procesamiento es elevado (más detallada), pues el córtex ya a añadido muchos detalles cognitivos que considera útiles para la modulación de la mejor respuesta posible, ante ese escenario, tal y como lo ha juzgado e interpretado.
    • Permite una evaluación consciente, procesada y detallada, discriminativa, cognitiva y sopesada (ponderada) para ambientes complejos, dinámicos y llenos de matices interpersonales.
    • En la inhibición de conducta (extinción) se aprende un nuevo comportamiento: no se borra el anterior (¡esto va a tener su importancia!).
  3. Hipocampo: por la vía hipocampo-amigdalina, gracias al cual se pone en valor la información entrante pues tiene en cuenta el contexto, ya memorizado en situaciones previas en el hipocampo (gestiona la memoria).
    • El hipocampo valora el contexto de la información y discrimina si debe o no aplicar la respuesta emocional aprendida (condicionamiento contextual) y así activar la amígdala para que la ejecute.
    • La amígdala media en la codificación y ejecución de la respuesta condicionada, pero en línea con la valoración de la situación por el hipocampo, en su comparación con el contexto actual con contextos parecidos memorizados.
    • Cuando hay una lesión unilateral de la amígdala, se altera la fijación de un reflejo condicionado de miedo, aunque no se limita del todo (las dos contribuyen).
 
MODULADORES E INHIBIDORES AMIGDALARES: CÓRTEX PREFRONTAL E HIPOCAMPO.
Existen dos áreas cerebrales que pueden inhibir y modular las respuestas emocionales inmediatas e inconscientes de la amígdala:
  1. El lóbulo prefrontal, en concreto el área orbitofrontal, de forma directa o indirectamente a través de núcleos intercalares (inhibitorios, GABA). Esta inhibición es más relevante para evitar disparar respuestas de miedo e ira en situaciones sociales interpersonales no apropiadas, por no ser consideradas “acordes a la cultura” por el lóbulo prefrontal (sede de cultura y personalidad a nivel cognitivo-racional).
  2. El hipocampo, por valorar que, en el contexto en el que se está moviendo el sujeto en ese momento, la respuesta amigdalar típica desde el miedo y la ira no es la más adecuada, por haberse aprendido un nuevo comportamiento más “adaptativo”. Asimismo, según el contexto, también puede ser un activador de la amígdala y su respuesta, cuando el contexto lo requiera (a su juicio, y según lo memorizado en “su experiencia”).
 

MEMORIA EMOCIONAL:
Todos sabemos que no es lo mismo recordar lo que comiste ayer (si no fue una comida especial) que el recuerdo de tu ágape nupcial, que emocionalmente has podido memorizar con muchos más matices de todo tipo (personales, familiares, económicos etc) y probablemente haya estado durante un tiempo en tu mente.
 
Esto quiere decir que, así como podemos recordar un hecho pasado neutro, los recuerdos con mayor carga emocional son más resistentes al olvido y, además, al recordarlos, podemos sentir parte de las emociones y sensaciones que se producían en el momento que rememoramos. Por ejemplo, para la boda de una chef es altamente probable que cada plato y cada guarnición estén llenos de significado y simbolismo.
 
Por lo tanto, podemos recordar dos “recuerdos” o tipos de memoria que están íntimamente relacionadas:
  1. El hecho en sí (memoria explícita): por ejemplo, qué platos concretos fueron servidos en la boda de la chef de nuestro ejemplo.
  2. La emocionalidad asociada (memoria implícita): por ejemplo, la alegría al recordar que creó un plato en su boda con el cual -además de vincularlo a su feliz matrimonio- le valió un ascenso en la valoración gastronómica por parte de un crítico que invitó a su boda.
Hoy en día se sabe que ambos aspectos, el recuerdo cognitivo del hecho y la experiencia vivida y sentida del mismo, son gestionados por dos áreas distintas pero muy bien comunicadas: la amígdala y el hipocampo.
 
ESTÍMULOS CONDICIONADOS E INCONDICIONADOS:
El sonido de una campana puede, si es de un volumen muy alto, producir molestia en quien lo escuche y reflejarlo con una mímica facial de susto, rechazo e incluso miedo. Este sonido es entonces un estímulo incondicionado, pues no hemos necesitado aprenderlo de ninguna forma especial, de manera innata estamos programados para responder así, sin necesidad de ningún condicionamiento.
 
Sin embargo, ese mismo sonido de campana, asociado al experimento de los perros de Pavlov (descubridor del reflejo condicionado), lograba la salivación de los perros cuando estos, tras reiterar la asociación entre la comida y la campana un suficiente número de veces, se hacía sonar la campana sin administrar comida. A este sonido se le denominaría entonces un estímulo condicionado, pues los perros hubieron de ser “condicionados” para adquirirlo, es decir, lo tuvieron que aprender (consciente o inconscientemente).
 
Por lo tanto, podemos hablar de estímulos incondicionados cuando nos referimos a toda información entrante a nuestro cuerpo que produce una reacción sin ayuda de ningún aprendizaje o condicionamiento; y condicionados, cuando sí se produce este aprendizaje o condicionamiento.
 
EFECTORA DE LO SENTIDO (AMÍGDALA) Y MEMORIA DEL HECHO (HIPOCAMPO):
Cuando sentimos el recuerdo de un hecho pasado, todo lo que son las “sensaciones” corporales que acompañan a la experiencia del sentimiento (mental), son producidas por la asociación emocional por la amígdala a los hechos memorizados a través de la gestión del hipocampo. Por lo tanto, la amígdala se encarga de recordar la vivencia en sí (memoria implícita emocional) y el hipocampo se ocupa de recordar el hecho que lo causó (memoria explícita). Lo normal es que ambos recuerdos se produzcan simultáneamente en nuestro día a día: por ejemplo, recordar una mascota que falleció y su nombre, y la vivencia de las emociones de duelo sentidas.
 
Así como la memoria explícita puedes declararla en cualquier momento en que la recuerdes (memoria explícita o declarativa), pues es consciente y forma parte de lo que puedes evocar a voluntad; la memoria implícita también se llama no declarativa, por no ser muchas veces ni consciente de que está ahí, aunque tu cuerpo lo recuerda y, en el caso de la memoria implícita emocional, puede re-sentir la vivencia de ese recuerdo, e influir en las decisiones que tomas en ese momento, como veremos a continuación.
 
Dicho de otra forma: para poder hablar de lo que pasó, utilizo el hipocampo (recuerdo de la vivencia); para poder sentir lo que viví, se activa la amígdala (vivencia del recuerdo: que dispara la respuesta vegetativa, endocrina y motora de las emociones asociadas al recuerdo).
 
FUNCIONES RELACIONADAS PERO SEPARADAS: APRENDIENDO DE LAS LESIONES.
El estudio de los casos en que existen lesiones en determinados núcleos nos permite profundizar en la función de esa zona, al verse alterada, y poner en valor así lo que cada región cerebral hace, aunque sea dentro de un sistema en red global.
 
La lesión de la amígdala no elimina la memoria emocional explícita o declarativa, cognitiva o racional (recuerdas lo que pasó), pues reside en el hipocampo, pero sí impide que se produzca la respuesta somática (memoria emocional implícita, somática o visceral), autonómica y fisiológica que depende de la amígdala.
 
Es decir, amígdala e hipocampo graban los recuerdos emocionales y sus respuestas vegetativas, que son las que nos hacen vivirlas en el cuerpo, sentirlas “por dentro”. De forma, que la amígdala se ocupa de la vivencia de esa experiencia (ante el solo pensamiento o recuerdo) y el hipocampo se ocupa de grabar el hecho o hechos que disparan esa emocionalidad (el propio recuerdo cronológico y biográfico).
  • Si se lesiona la amígdala, el hipocampo indemne podrá recordar el hecho, pero no sentiremos la vivencia emocional. Por ejemplo, si a un niño le pegan desde pequeño con un cinturón, podría recordar este hecho sin sentir miedo ni ira, incluso aunque lo racionalice y le llame la atención, sin por tenerlo reprimido. No lo recuerda, pero sí lo vive.
  • Si se lesiona el hipocampo, la amígdala indemne podría recordarlo corporal e inconscientemente, y experimentar la vivencia de un hecho que el hipocampo no podrá evocar de forma consciente. Así, ese mismo niño al que le pegaban desde pequeño con un cinturón, podría reaccionar y sentir miedo e ira ante la visión de ese cinturón, aún sin recordar este hecho (no tiene el recuerdo en su mente, pero sí lo vive en su cuerpo). Lo vive, pero no lo recuerda.
Normalmente ambas memorias, explícita e implícita, se dan al tiempo y se manejan con la memoria de trabajo emocional (dependiente del orbitofrontal) de la mente para vivir la experiencia emocional del momento. Son dos sistemas que trabajan en paralelo y se podrá producir una experiencia consciente que también tiene aspectos inconscientes (amígdala), ante estímulos actuales que anteriormente ya habían supuesto una emoción como respuesta.
 
EXTINCIÓN DE MEMORIA EMOCIONAL: CREAR LO NUEVO SIN DESTRUIR LO ANTERIOR.
Se habla de EXTINCIÓN como el mecanismo por el que el organismo supera el miedo. Es decir, se extingue la aplicación de la memoria por el miedo, pero no el propio recuerdo, que persiste.
 
Así, una persona con fobia a los perros, por su asociación de un can con la emoción del miedo (por ejemplo, por haber sufrido en la infancia de una mordedura), puede APRENDER a aplicar una respuesta distinta ante la sola visualización de un perro, e incluso llegar a disfrutar de su cuidado y amistad, pero no borra lo anterior del todo, sino que aprende una forma de responder nueva (más adaptativa, según el criterio jerárquico aplicado).
 
Lo que ocurre es que se produce un nuevo recuerdo que extingue al anterior, en este caso inhibitorio, y por tanto cuando se produce el estímulo ya no se da la respuesta automática (y condicionada) de miedo: oculta la memoria sin borrarla, dejándola inactiva y latente (en hipocampo).
 
Es un mecanismo más inestable, por lo que puede darse una recuperación espontánea (respuesta automática, sin ocultación efectiva). Para esto, necesita tanto la participación del hipocampo como de la corteza prefrontal. Aprendizaje inhibitorio que en unos contextos recortados es mejor no responder así, pero en otros se mantendría (no oculto, y sí activo) lo aprendido (excitatoriamente) antes, como respuesta al miedo.
 
PONGAMOS UN EJEMPLO: LA VUELTA AL PATRÓN ANTIGUO PUEDE SER ÚTIL Y ADAPTATIVA.
Por ejemplo, imaginemos que trabajamos la hiperreactividad de un empleado a las broncas de su jefe, no demasiado desmesuradas. Tras lograr que el empleado no reaccione desde el miedo o la ira, consigue vivirlo razonablemente en paz, porque su lóbulo prefrontal y su contextualización con el hipocampo toma la decisión de reaccionar con asertividad, pero sin conflicto (=extinción de la respuesta de miedo e ira antigua).
 
No obstante, ante el cambio de jefe, siendo este mucho más agresivo que el anterior, se despierta de nuevo el patrón antiguo, pues el contexto se considera distinto y vuelve a resonar con miedo e ira (=se activa la reacción o memoria emocional implícita con vivencia amigdalar no inhibida): el cerebro ha considerado que las condiciones son distintas y ha de reaccionar con el patrón antiguo (por ejemplo, si este agresivo jefe acaba por entrar en violencia física explícita).
 
VALORACIÓN CONTEXTUAL: MANDA EL HIPOCAMPO (AHORA SÍ, AHORA NO).
Es el HIPOCAMPO el órgano director en la valoración de qué contextos han de responder al miedo y cuáles no. Al fin y al cabo, se trata de memorizar un algoritmo emocional de qué sentir en cada momento, y como tal memorización, lo regula la parte del cerebro que se ocupa de la memoria, su adquisición, su gestión y su recuperación.
 
El hipocampo intervendría entre córtex prefrontal y amígdala. Por lo tanto, habría aprendizaje:
  1. de respuesta (al miedo, especialmente) y
  2. de extinción (ocultación o inactivación contextual) de respuesta.
OJO A LO QUE ELEGIMOS SENTIR (AMÍGDALA) Y RECORDAR (HIPOCAMPO): RESONANCIA COGNITIVA Y EMOCIONAL.
Cuando una frecuencia sonora está activa y existe un diapasón que tiene la capacidad de vibrar a esa frecuencia de sonido, se produce un fenómeno físico llamado resonancia sonora, que hace que “entre” a resonar y potenciar el mismo sonido.
 
En el mundo de las emociones también se produce resonancia, pero en ella lo que se potencia es entrar en el bucle de estar en el mismo estado anímico de un pensamiento (por ejemplo, entrar en un bucle de sentir y actuar con tristeza con pensamientos tristes) o en el mismo tipo de recuerdos (por ejemplo, entrar en un bucle de pensamientos tristes por estar en tristeza).
 
Y esto es fácil de explicar si entendemos la relación resonante existente entre la vivencia emocional que ofrece la amígdala y los recuerdos con un cierto tinte emocional determinado que puede evocar el hipocampo.
 
Estos dos sistemas se retroalimentan de forma recíproca y así:
  1. Si la amígdala está produciendo una activación emocional del cuerpo, esto puede activar también por el hipocampo un recuerdo de situaciones con esa emoción (si siento miedo, me acordaré de cosas del pasado que también me generaron miedo).
    1. Consejo: cuidemos entonces lo que sentimos, pues se traerán recuerdos del mismo tinte emocional ahora gracias al hipocampo.
  2. Si el hipocampo está evocando recuerdos emocionales (memoria), puede activar a la amígdala y vivir la experiencia emocional de ese recuerdo como si fuera en este momento (visualización en PNL).
    1. Consejo: cuidemos entonces lo que recordamos (lo que traemos de la memoria), pues su emocionalidad la vivimos ahora, gracias a la amígdala, y nos va a condicionar lo que vivamos y además lo que decidamos a partir de eso que estamos sintiendo. 
Esta interrelación podría explicar también por qué recordamos mejor algo cuando estamos en el mismo estado anímico que cuando memorizamos aquello. Por ejemplo, recordar la letra de una canción cuando estamos tristes si nos sentimos así cuando la memorizamos en el pasado, y no tan clara si estamos contentos (congruencia del estado emocional con la memoria).
 
En conclusión, la amígdala es clave en todo proceso emocional, tanto en su atribución como en su vivencia, incluyendo la experiencia de lo vivido en el pasado por recordar el evento. El hipocampo es clave en todo recuerdo consciente y cualquier gestión de la memoria, en general.
 
Es recomendable, entonces, que seamos consciente de que cuando elegimos recordar un hecho del pasado, acabamos por vivir y sentir aquello tal y como lo percibimos en aquel momento, y que, además, nos va a hacer que el hipocampo nos traiga más recuerdos del mismo tinte emocional, y las decisiones que tomemos en ese momento van a estar influidas por esa emoción.
 
Así, recordarle el fiasco pasado a un alumno antes de un examen, sería contraproducente para que saque lo mejor de sí mismo, pues puede mermar su autoestima. Empoderarnos antes de hablar en público nos ayudaría, sin embargo, a resonar con recuerdos y la vivencia de momentos pasados en los que fuimos buenos comunicadores.
 
Elegir qué recordar y qué sentir es la mejor manera de resonar en la emoción y los pensamientos que deseamos abrigar, proteger y potenciar en nuestra vida. ¿Qué eliges tú para vivir?

 
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Autores:
  1. Dr. Antonio Saiz Ayala:
    • Jefe de Sección Neuroradiología HUCA.
    • Profesor Asociado de Ciencias de la Salud de la Universidad de Oviedo.
    • Doctor en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid
    • Médico Especialista en Radiodiagnóstico.
  2. Dr. David Calvo Temprano (Director y formador EEL Asturias, Coach de SaludPractitioner PNL por AICM; Médico Radiólogo HUCA y Profesor Universidad Oviedo).

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