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Qué es el COACHING

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YO NO SOY MI CUERPO
Mi cuerpo hace cosas sin mí y no obedece siempre lo que le digo, además de poder vivir sin mi presencia en un trasplante para salvar otras "vidas".

Fecha: 17/06/2021

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Puedo expresar con total rotundidad que mi cuerpo no siempre hace lo que yo le digo, y, de hecho, que hace cosas por su cuenta, sin que yo haya decidido nada. Por lo que parece obvio: yo no soy mi cuerpo, aunque mi cuerpo “va conmigo”.

Y, ¿por qué lo digo? Os voy a contar mi historia.
 


CRISIS EPILÉPTICAS QUE ME DESCONECTAN DE MI CUERPO:
Todo comienza hace aproximadamente 20 años, en plena adolescencia, cuando empiezo a tener unos episodios de angustia, miedo, taquicardia; incluso me faltaba el aire. Inicialmente no les doy ninguna importancia, pero empiezan a hacerse repetitivas.

El corazón parecía que se me va a salir del pecho, que me iba a ahogar, y todo ello me provocaba ese miedo, miedo a algo desconocido: no sabía qué era lo que me estaba pasando.

Desesperada, estudiando un día para la universidad, hablo con mi madre y le comento que no puedo seguir así, que no sé de dónde viene todo eso. Me estaba volviendo loca y necesitaba una solución. El médico de cabecera decide descartar un problema cardiaco y después me recomendaron asistir a salud mental, donde me recetaron incluso algún antidepresivo. No surtió efecto. Me sentía asustada y frustrada, y no mejoraba.

En mi primer episodio, estaba sola en la habitación, y, aunque mi madre recuerda que hubo ruidos raros, nadie percibió nada, pues yo no recordaba qué me había pasado. Sin embargo, el segundo ataque epiléptico fue presenciado por mi madre, quien vio claramente que estaba convulsivando. En ese momento yo no sabía nada, pues no lo recordaba y mi madre de momento no me lo dijo para no preocuparme. Solo me levanté totalmente agotada y me dijo que había pedido cita en el médico.

En la consulta me quedé alucinando, no entendía nada. ¿De quién hablaban? ¿Qué pasó? Y a partir de ahí ya no dije nada más. No era miedo lo que sentía, por lo menos no en ese momento. Estaba absolutamente en shock.

Pasé a Neurología. Me veía inmersa en dos sentimientos aparentemente contradictorios:
  1. por un lado, tranquilidad, porque ya sabíamos más o menos a qué se debía lo que me pasaba; y
  2. por otro lado, miedo a que esas crisis con convulsiones me ocurrieran no solo por la noche en la cama, sino también pudieran darse de día en estado de vigilia, especialmente en público o realizando alguna tarea peligrosa.
UNA LESIÓN EN MI CEREBRO ALTERA TODA MI VIDA:
Tras una Resonancia Magnética (RM) del cerebro, encontramos la causa: una lesión benigna formada por pequeños vasos, llamada cavernoma, estaba irritando una parte de mi cerebro y causando con ello crisis convulsivas, de las que yo no había sido consciente porque se pierde la consciencia durante el episodio.

Inicialmente me dan medicamentos, muy diversos e incluso en combinación, pero no se controla tras 3-6 meses: es una epilepsia fármaco-resistente.

Un detalle importante llegó cuando se dieron cuenta de que algunos de los fármacos afectaban a mis funciones cognitivas. El último año de facultad fue horrible por ello: me costaba concentrarme y tenía problemas con la memoria (el cavernoma estaba además en una zona relacionada con la memoria: el hipocampo). Tenía tantos problemas de memoria que podía ver la misma película dos días seguidos, ya que no me acordaba de haberla visto el día anterior. Además, un efecto secundario de casi todos los fármacos era dolor de cabeza (cefalea), un dolor de cabeza muy intenso.

Con todo esto, tuve que cambiar completamente mi estilo de vida, lo que me limitó socialmente, no tenía independencia en unos años que estás empezando a “vivir la vida”:
  • Nada de salir por ahí de copas y trasnochar sin dormir las horas suficientes.
  • Nada de estrés, o reducirlo al máximo (muy complicado).
  • Nada de conducir, por supuesto.
Pero también hace que descubras que se pueden hacer más cosas, que disfrutes más de la familia y que puedas aprender a estar sola y disfrutar de ello. Y una toma de conciencia muy importante: YO PODÍA con eso.

LA PÉRDIDA DE CONTROL TENÍA MUCHAS CARAS:
Las crisis epilépticas se me produjeron de formas diversas:
  • Ver miles de puntos, como si viera mosquitos chiquititos.
  • Crisis en las que me orinaba de forma inconsciente. Cuando tienes pareja es una de las formas en que más te avergüenzan las crisis, por mucho que te digas que no eres culpable por ello ni puedes evitarlo.
  • De repente, que me viniera un mal olor, como si alguien tirase una bomba fétida, y por supuesto era fruto de mi mente, por la irritación del cerebro por el cavernoma, no porque hubiera un mal olor (los demás no lo olían).
  • Estar hablando y quedarme como un disco rayado repitiendo la misma palabra (médicamente se llama ecolalia).
  • No poder expresar lo que quieres o saber lo que quieres decir y tener las palabras en la mente, pero que no salgan por tu boca. Esta fue la que sufrí con mayor impotencia.
  • Crisis de desconexión total, en las que realizo una acción en piloto automático, porque no soy consciente de ello, ni de la crisis en sí. Normalmente me doy cuenta, porque veo a la gente preguntándome cómo estoy, si estoy bien, y después de años ya sé que es por ese motivo. Pero al principio es muy desconcertante y genera mucha ansiedad anticipatoria.
  • Crisis de convulsiones (espasmos del cuerpo: tónico-clónicos). La peor en la bañera de casa de mi madre, cuando tuvo que ayudar mi hermano a mi madre para poder sacarme de la bañera.

LA SOLUCIÓN ERA QUIRÚRGICA, PERO TENÍA MUCHOS RIESGOS:
En dos momentos de toda la enfermedad escucho la palabra operación:
  1. La primera fue en 2010. Me lo plantean y a mí me generaba pánico, no solo miedo…  pánico!! Operarte de la cabeza suena muy fuerte. Pero, tras reunirse el equipo de neurólogos, neurocirugía y neuropsicólogos, deciden que no tiene buen acceso y se rechaza en ese momento la opción.
  2. La segunda vez que volvemos al tema es en un escenario diferente: tomando 4 fármacos a la vez, con crisis prácticamente diarias de desconexión, un electroencefalograma (EEG) y una resonancia (RM) que informan que está muy activo. Así que a finales de 2019 me preguntan qué pienso sobre operarme. Mi repuesta esta segunda vez fue clara: estaba harta, cansada y agotada de tanta crisis. ¡Claro que me opero! y si me llegan a decir que me operaban al día siguiente hubiera ido de cabeza, literalmente.
Tuve una reunión con el neurocirujano a la que asisto con mi padre y mi marido, en la que nos explica cómo va a ser la intervención y cuáles son los riesgos. Mi padre y mi marido preguntaron varias cosas, pero yo recuerdo que no pregunté más que dos cosas:
  • si iba a poder conducir de nuevo, y
  • cuándo podría estar de nuevo haciendo vida totalmente normal y trabajando.
Estaba muy segura de la decisión y tenía mucha confianza en los médicos.

La operación iba a ser para otoño-invierno, pero no pudo ser. Llego la pandemia y se todo se retrasó, aunque tampoco mucho.

En cuanto se salió del confinamiento inicial llamaron a mi madre (contacto que había dado para comunicarse conmigo) para hacerme una resonancia de urgencia y la operación iría rápido.

LLEGA LA OPERACIÓN Y LA COVID19 ME AYUDA A IR MÁS CALMADA:
Cuando mi madre me llamó para decírmelo pegue un grito de alegría. Ella que estaba asustadísima y le costaba creer la alegría con la que me lo estaba tomando: me merecía una vida sin crisis.

Según se acercaba la hora de la operación, había una mezcla de sentimientos, un poco de miedo, mucho respeto y muchas, muchas ganas de verme bien. Tanto estaba inquieta y asustada por el riesgo, como alegre y expectante abierta a la mejor respuesta tras la cirugía. Me centraba más en estas emociones positivas, pues me permitían vivirlo con mejor estado. Ya había tomado la decisión y mi familia estaba de acuerdo: no necesitaba entrar en el bucle del miedo y sentir el disconfort que ello me generaba antes de tomar la decisión por fin.

El día que ingresé me sorprendió ver a mi compañera de habitación tan bien: la habían operado de lo mismo que me iban a intervenir a mí y estaba estupenda. Creo que estuvo ahí para ofrecerme más tranquilidad y confianza, y me hizo ser más positiva ante la operación y entrase con mejor actitud al quirófano.

Dada la COYUNTURA DE LA COVID19, no podíamos tener más que una visita, y eso nos permitió y nos motivó a hablar bastante la una con la otra, por lo que mi tranquilidad aumentaba al verificar que todo podía salir bien, pues lo veía en ella y me veían a mí misma estando por fin bien, con una vida normal, sin crisis. En 4 días estaba en casa y en 4 meses trabajando de nuevo. Al fin una vida normal.

Es verdad que tuve 2 sustos posteriormente, cuando intentaron bajar la medicación. Aún así, con la medicación que tomo al completo, también me vale. El caso para mí es poder hacer una vida normal, tome o no medicación. Es algo con lo que puedo vivir en paz, sin que suponga un conflicto. Supongo que las expectativas se modifican por el recuerdo de lo vivido, y mi situación actual ha mejorado mucho con respecto a mi vida de antes.

Ahora me noto más independiente. Es posible que vea las cosas de otra manera. He recuperado sensaciones que hacía mucho tiempo que no sentía. Creo que he recuperado memoria y por el momento, no he tenido ninguna crisis más de desconexión, al menos con gente a mi alrededor que me lo pueda comentar.

CONCLUSIONES SOBRE MÍ, MI CUERPO Y LA VIDA:
Recuerdo cómo, en mi situación de shock inicial, cuando mi madre hablaba con el médico sobre lo que ella había presenciado -pero yo no recordaba- no comprendía nada. ¿Cómo iba a ser que mi cuerpo hiciera esas cosas sin yo enterarme? Esta reflexión resulta una guía interesante para algo muy profundo: lo que yo soy no es un cuerpo.

El cuerpo puede actuar sin mi permiso y lo que yo soy no siempre se traduce en mi cuerpo.

En mi vida, mi cuerpo ha sido un motivo importante de frustración, de impotencia, aunque también me ha ofrecido muchas satisfacciones y alegrías. Pero sí podemos apreciar que mi esencia no necesariamente se conecta con un cuerpo que puede tener crisis por su cuenta, al igual que en un trasplante tampoco se lleva nada del ser de una persona al ser de otra persona, pues quizás el cuerpo nada tenga que ver con lo que nosotros somos. Así, una persona en silla de ruedas por que le falten las dos piernas NO ES MEDIO SER; y un precioso cuerpo de un modelo tras un accidente mortal de tráfico nada de ser tiene en él, PUES YA SERÍA UN CADÁVER.

En cualquier caso, PODEMOS VIVIR LA DUALIDAD EN PAZ.

Podemos cuidar nuestro cuerpo y respetarlo, evitar enviarle toxicidad, y desidentificarnos con lo que se ha convertido en un objeto de culto que nos oculta, pues el cuerpo evoluciona desde bebés hasta ancianos, pero lo que somos no envejece ni se altera, aunque sí vive las experiencias vitales para disfrute y expresión de lo que sí somos: la vida de nuestra vida y el amor de nuestra vida, que requiere ser dado para ser recibido, mantenido y sostenido en la consciencia, y así sentirlo vivo.

 
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Autores:
  1. Paula Rodríguez Ordieres:
    • Coach en Formación por EEL Asturias.
    • Diplomada en Ciencias Empresariales.
    • Store Manager en Pro Duo Oviedo).
  2. Dr. David Calvo Temprano (Director y formador EEL Asturias, Coach de Salud &Practitioner PNL, Profesor UniOvi).

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